
Había un entusiasmo contenido en el aire mientras preparábamos los equipos. Llevábamos días mirando de reojo el clima: el viento y las continuas lluvias parecían caprichosos y nos venían postergando la entrada al agua. Pero finalmente, la espera terminó. Aunque el cielo permanecía nublado y encapotado, el río prometía, y junto a Marcelo, Gastón, Gabriel y José, sabíamos que la jornada valdría la pena.
Nos encontramos temprano en la zona de Hudson con Manu, nuestro guía de pesca (un crack que la tiene clarísima, al que podés contactar al 11-2305-3932). Tras ultimar detalles y repasar las líneas, embarcamos y pusimos proa hacia el Río de la Plata.
No hizo falta alejarnos demasiado para encontrar la acción: a tan solo 500 metros de la costa, Manu dio la orden de alistar las cañas. El río, manso tras la tormenta, ofrecía las condiciones ideales para tentar al gran protagonista del día: el pejerrey. Las boyas de colores empezaron a flotar sobre el agua amarronada, y no pasó mucho tiempo hasta que la primera hundida de boya desató la emoción a bordo.
Fue una jornada perfecta de risas, pique constante y buena camaradería. El día nublado nos regaló una temperatura agradable y, sobre todo, la revancha en el agua que tanto veníamos buscando.
Guia de Pesca Manu
11-2305-3932















La mañana arrancó fría y despejada, con esa brisa fina que presagiaba una jornada ideal, alcanzando más tarde unos agradable 22 grados. Puntuales a las 7:30 nos encontramos en el embarcadero, donde nos esperaba Jorge con su lancha equipada con un motor de 40 hp, lista para salir a buscar el pique.
Navegamos cerca de quince minutos hasta la zona del veril. El agua estaba peinada por un viento suave, así que armamos equipos y metimos líneas al agua. No pasaron ni diez minutos cuando la primera boya caminó hacia un costado y arrancamos el pique: pejerreyes vigorosos, de lomos anchos y un pelear formidable que nos sacó más de una sonrisa.
Hacia el mediodía el viento sopló con más ganas y se picó, por lo que cambiamos la estrategia y nos fuimos a buscar el reparo cerca de la orilla. Allí la pesca no aflojó y el mate circuló sin parar, coronando una salida impecable repleta de risas, anécdotas y esa camaradería única que solo se vive entre amigos.
Les dejo el contacto de Jorge, un guía de primera que conoce la zona como la palma de su mano.
JORGE Tel: +54 9 11 3910-3249







El día se presentaba soldado y frio. A las 8:00 nos juntamos en los del alemán con mis amigos Marcelo, Gastón y José y al mando de la guiada Jorge con su tracker motorizado con un 40 hp.
Ale (el alemán) nos bajo con su tractor y navegamos uno 10 minutos y largamos el GARETE cerca de la costa ya que el viento nos tiraba hacia el sur y hacia adentro.
Lineas al agua y de a poco comenzamos a levantar pejerreyes que sorprendían por su tamaño. Venía bien la mañana pero al mediodía se levantó más viento y decidímos volver cerca de la orilla ya que ahí teníamos más reparo.
Fue un día hermoso compartido con amigos que siempre tienen buena onda
Dejo teléfono del guía Jorge quien entra todos los días a pescar
JORGE Tel: +54 9 11 3910-3249




El reloj marcaba las primeras horas de la mañana cuando llegamos a la Laguna Altos Verdes. El día se presentaba frío, envuelto en una bruma espesa y bajo un cielo algo nublado que le daba al paisaje un aire misterioso, casi suspendido en el tiempo.
Lo primero que nos llamó la atención fue el espejo de agua: el agua estuvo planchada casi todo el día, un verdadero espejo que no se movía ni con el suspiro del viento. Ante semejante quietud, lo primero que hicimos para templar el cuerpo y ganarle al frío fue armar el equipo de mate. Nos tomamos unos mates bien calentitos, de esos que te devuelven el alma al cuerpo y te dejan las manos listas para encarnar.
La jornada nos regaló una pesca aceptable y muy entretenida. Sin el alboroto de las olas, tuvimos que estar muy atentos a las boyas. Para cuando el sol empezó a despedirse, ya acusábamos en el bote una treintena de pejerreyes. Lo mejor de todo fue la calidad; se mantuvo un tamaño promedio muy lindo, con la grata sorpresa de que salieron muy pocos chicuelos.
Terminamos el día con las manos heladas, pero con el corazón contento y la certeza de que Altos Verdes siempre nos regala una buena historia que contar.





